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miércoles 21 de marzo de 2012

Un XVIII mejorable, en Murcia,


Fachada de Santo Domingo, Murcia

          Acabo de hacer un trabajo de compilación sobre las iglesias viejas de Murcia. Casi una treintena. En primer lugar mi admiración y agradecimiento hacia todos los que han trabajado este tema, desde su historia a su potencial estético de todo tipo. Ellos saben quiénes son. No hace falta, ni es ésta la ocasión de mencionarlos.
         Quiero resaltar la común característica de que todas ellas adquieren su fisonomía actual en el siglo XVIII. A todo lo largo del siglo XVIII se reconstruyen definitivamente,  todas las iglesias de Murcia. Un dineral. Y por ahí voy. Cierto es que también se verifican importantes obras públicas, como el Puente Viejo, los Molinos del Río, circunvalaciones, hospitales… Pero no es difícil intuir que la parte del león –y de la leona– en cuanto a inversión se la llevan las iglesias. No es pertinente juzgar con ojos de hoy lo que pasó ayer. En el tiempo hay una necesidad espiritual –o por lo menos religiosa– que no existe hoy. Entonces, es más importante salvar el alma. Y se piensa que con más conventos, más templos y más iglesias, lo principal se arregla mejor.
         Pero, a pesar de ello, no es posible dejar de pensar en tantas ciudades europeas que ya tenían alcantarillado o estaban mejor defendidas ante las riadas, que eran la causa de tanta iglesia venida abajo decenios atrás. Y, ciertamente que también por toda Europa se continuaba erigiendo templos. El Rococó se halla por todo el continente.
         Y sobre todo, es pertinente preguntarse: ¿fue la mejor manera de emplear las energías y los capitales de aquel siglo de auge? Las respuestas pueden ser como se quiera, pero la pregunta no puede obviarse. ¿Hubiera sido posible, en caso de no haberse reedificado las iglesias, destinar los esfuerzos a la obra pública, la enseñanza o la sanidad? ¿Es posible que aquellas energías surgieron tan sólo porque iban a ser destinadas a lo eclesial?
         Una respuesta positiva surge de inmediato: se obtuvo una imagen de identidad: la Catedral de Murcia, con su fachada y el Imafronte. Una seña de identidad que dura hasta hoy. Y floreció un artista que no es menos emblemático que la Catedral. Francisco Salzillo. Pero, ¿era prioritaria la consecución de esos dos emblemas?
         La Región de Murcia sigue postrada siglo y medio más, luego de la última reconstrucción, si no recuerdo mal, la de San Bartolomé. Su fachada se hace tan tarde que ya no incorpora imágenes en el exterior: es de estilo ecléctico, postmodernista casi. Hay que esperar a los años 60, para que el analfabetismo decrezca sensiblemente y que la Enseñanza Primaria comience –sólo comience– a expandirse.
         Realmente, desde el punto de vita materialista, el XVIII fue un siglo perdido, por cuanto la energía colectiva: mano de obra, ideas y financiación, se fue en obras sin rédito social. Empero, las conciencias, en un completo estado de cautividad espiritual, quedaron muy aliviadas. Dicho de otra manera: es muy posible que no se pudiera hacer otra cosa.
         Yo concluyo que si bien, es impensable un desvío total de las energías hacia lo social. Sí hubiera sido posible un mayor trasvase del que hubo desde lo religioso hacia lo civil. Alguna iglesia menos y algún puente más. Algún convento menos y alguna escuela más. Y así. Ni tanto, ni tan calvo. Los españoles, murcianos incluidos, eran súbditos y feligreses: he ahí la causa. ¿O no?

domingo 18 de marzo de 2012

Previa de una presentación de libro


Portada del libro "El Corazón de la Cruz"


         El martes 20 de este mes de Marzo, presento en el Salón de Actos del Mubam, Murcia, mi novela “El Corazón de la Cruz”, premio Caravaca Ciudad Santa” que, al alimón convocaron instituciones oficiales y privadas, con el ánimo de lanzar la peregrinación a Caravaca como enclave beatífico, meta de caminantes piadosos.
         Yo, cuando vi las bases del premio, me hice cruces –de Caravaca, por supuesto– de alegría. Una novela de ese contenido habitaba en mi cajón/archivo. La saqué, la retoqué, la pude ver más objetivamente. Y la pulí, la orné y le proporcioné algunos detalles mínimos, que exaltaban los fundamentos precisos para más valer en el particular empeño del concurso… Y la envié, agradecido al hecho de que se pudiese facturar cibernéticamente, en lugar del obsoleto –para estos casos– soporte papel.
         Y aquí estamos. “El Corazón de la Cruz” es una novela histórica. Pero no al uso realista-naturalista, objetivo con fechas, hechos y personajes. No es ése mi modelo de novela histórica. Los efluvios líricos hinchan la vela de mi prosa, y la llevan hasta testimonios de sucesos místicos, inclusive. Uso de la Aparición, de la anulación del tiempo, del acomodo del tiempo, de la alusión más que de la descripción de efemérides. Todo se subordina a la intención de dar con una dimensión narrativa basada en otra pertinencia que la fenoménica aparente. Ya digo, es mi modelo. Nada tengo contra el testimonio realista de la novela histórica, que tantos ratos buenos de lector me ha hecho pasar.
         Hermann de Tréveris, caballero con feudo y castillo, cabe la germana plaza, se va de los suyos, no en pos  de la gloria celestial del buen Cruzado, sino como expiación personal para que su hijo sane de extrañas fiebres… Permanece puro en medio de la vorágine de las mesnadas europeas, ávidas de botín, lujuria y crueldad, y haya reconocimiento divino por ello. A partir de su desembarco en Haifa, y posterior marcha a Jerusalén, ingresa sin saberlo en la Cofradía de los Bienaventurados: Yehuda ha-Leví, Hugo de Payens –el primer Templario-, Bernardo de Claraval, Pedro el Ermitaño, Jorge de Capadocia, Moshe Ben Ezra, Toribio de Liébana o Ibn Arabí le conducen hasta las metas de una espiritualidad universal, donde la amistad, el amor y el allegamiento a los suyos marca cima. También la monja peregrina del siglo IV Etheria, a la par que personas de carne y hueso como él, tal como un peregrino a la Meca en el desierto de Siria, el pintor Pedro de Anguillara, trasunto de nuestro Pedro Cano, unos escritos de Raimon de Gaudia (Ramón Gaya), unos agotes del Baztán… todos le marcan camino hacia las cinco ciudades santas de la Cristiandad, fe en la que está educado Hermann.
         Impelido por la misión del transportar hasta Caravaca el collar del que pendiera la Cruz del Patriarca de Jerusalén, cuando en ocasión templaria, apareció en la Ciudad en lo Alto, Hermann se ve en la Roma de Urbano IV, asistiendo al debate de éste con el mursí Abú Talib, suceso histórico. Ha pasado por Venecia, Padua, Ferrara, Prato… donde sucesivas almas en el camino recto, le han ayudado a conocer la piedad, la mansedumbre y la bonhomía como normas del corazón. Un herrero en Ferrara, un peluquero en Bolonia, un goliardo enano en Roncesvalles, un juglar en Puentelarreina, un Deán en Lugo, un guerrero en función de guía y escolta en Yecla, dos enamorados en Albarracín… también confirman en la conciencia de Hermann la perseverancia en su misión, que el premio será, no la Gloria, sino estar en la Gloria con los suyos, su perdidos mujer e hijo que en Germania dejara cuando a las Cruzadas partiera. Aunque también ha encontrado almas perversas, que lo han querido extraviar...
         La novela se configura, pues, en pequeños relatos al hilo de los hitos en el camino. Un milagro en Padua, una misa en Antioquía, un baño purificador en el río Tarn, de Albí, Francia, un paseo por la Tudela del siglo XIII, una inauguración de templo románico en Aguilar de Campoo… son algunos de estos episodios, que acaban en bifronte ocasión simultánea, a la vez, pues nada extraño es para lo místico la bilocación, en Caravaca y en la desembocadura del río Miño, donde en transfigurado galeón, surcan los cielos en pos de la eternidad, Hermann y los suyos.

viernes 16 de marzo de 2012

Idus de Marzo en Letur

Nuesstra Señora de la Asunción. Letur


          Entre las no muchas cosas inteligentes que se pueden hacer para festejar el aniversario del asesinato de Julio César, está la de irse a Letur. Un buen republicano no puede dejar de festejar la ocasión en que se eliminó al inventor de la palabra Imperio, no ya monarquía, en Occidente.  Yo no soy republicano, pero me voy a Letur. Tampoco celebro nada, salvo estar en inmejorable compañía, antaño compañona de pupitres en tiempos bachilleriles cabe la capital del Segura. 
       Letur está en la Suiza del Segura. Una hora de viaje. Algo más necesitarían los bereberes que, nada más ser licenciados por Abdelaziz de sus ejército, tras pactar con Teodomiro, se van monte arriba hasta llegar al nacimiento del río de este pueblo hermoso y feliz. Se asientan allí. Y le ponen su nombre al pueblo. El nombre de la tribu del Atlas. Yettur o algo así. Y ya está el pueblo. Dicen crónicas que volvieron y volvieron cuando las lanzas castellanas, santiagusitas, los echaban y echaban de aquellos pagos.
         Desde el Mirador de la Ermita de lo Alto, se divisa un valle cerrado, tras del cual, el río de Letur se une al Segura, entre los embalses de la Fuensanta y de El Cenajo. Los ojos al norte, parece que se navega por un mar de sierras… en sequía, desgraciadamente. Se advierte la sequedad. Pero es parte del alma de todos. España es sequía en estos Idus de Marzo, que decíamos. 
       Las callejas moriscas que nos han traído hasta el Mirador parecen vasos capilares que nos llevan al remanso de la perspectiva abierta de las montañas como olas estatuizadas, apenas cubiertas del verde propicio a la hermosura. Un mes más y habrá estallado la Primavera.
         En la portada neoclásica de 1708 de la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, hay dos hermosas cornucopias que custodian el emblema de la Diócesis de Cartagena: grial florecido en Azucenas. Pero lo que importa es el símbolo de la abundancia, la riqueza y la prosperidad en el lugar más simbólico de todos: el frontispicio de la iglesia del pueblo. Y es así. La música incesante que todos oyen, casi en cualquier calle, es la del agua cayendo en cascadillas por aquí y por allá. El agua es parte de Letur, como el cielo o las rocas. Gran sabio fue el Patriarca de los Yettur, el viejo bereber que se aventuró Segura adelante con los suyos hasta dar con el paraíso en la Tierra: un lugar como los propios del Atlas, pero con el agua asegurada. De cierto que murió en su cama y no como Julio César, víctima de su ambición. El viejo Yettur no tuvo más ambición que la felicidad. No la del poder.
         Con la suerte de tener de cicerone a la Alcaldesa Carmen, recorremos las costanillas y rinconcicos de reja y maceterío, bien conservados. Todos esperan visitadores de casas rurales, las cuales recomendamos vivamente los expupitreados viajeros que venimos del llano. 
         Un asado de cordero con vino de la zona. Muchas risas, charla sin tregua y ganas de vivir como se vive en Letur: sosegadamente feliz, animoso sin ansiedades y celebrando lo que por ser leve, tiene la bendita condición de lo duradero. Esa es la lección de Letur. Julio César no la conoció. Y lo apuñalaron con saña unos jóvenes supuestamente idealistas. Consiguieron un mártir. Y la República pasó a la Historia para no volver. Por alguna parte estarán los restos del viejo Yettur, al que saludamos los compadres con un gesto de alegría y complicidad en el arcano secreto del buen vivir. Ciao.
         

martes 13 de marzo de 2012

Real Madrid vs. Barça: Dionisos vs. Apolo






         Relegar el fútbol, todo el fútbol, al desván o trastero de lo frívolo es tan estúpido como desterrar de la Historia de la Literatura a Píndaro, por ejemplo, que dedicó sus musas  poéticas a glorificar a los atletas del estadio. Y baste ya de justificar lo que no precisa justificación, pues puede suceder que sea contraproducente. Deje de leer quien piense que el fútbol es satánico etc… Y santas pascuas.
         Bien, pues informo a todos, o mejor dicho, esclarezco, que en la sempiterna discordia y rivalidad entre los dos equipos, se ha llegado a tocar y entrar de lleno en una cuestión que ha explicado los rumbos del Arte toda la existencia humana. Lo Dionisiaco y lo Apolíneo. Lo primero es pasión, espíritu, expresionismo… Lo segundo es cálculo, regla, virtuosismo… Dionisos es el ancestro del latino Baco, dios del vino y de la juerga. Apolo lo es del Orden y la serenidad.
         El Barça ha dado en un juego fluido, pero premioso. Un juego de tocar la pelota y tocar, sin perderla. Un primor de encajes de pies con la bola, que no escapa de la botae nunca, y se hurta al contrario, no importa en qué dirección: siempre hay un compañero esperándola. Tiene a la paciencia como máxima virtud de ejecución, basada, eso sí, en una técnica de pie exquisita. A veces, abocado al aburrimiento.
         El Madrid hace patente de la rapidez, de la transición veloz y disparada, a veces disparatada, hacia la portería contraria. Importa llegar cuanto antes; no llegar con posibilidades de marcar. Pase largo, o corto sucesivo entre varios, buscando el desmarque.
         El Barça es un tranquilo lago de aguas azules, límpidas, transparentes… El Madrid es una catarata incesante, estruendosa, espectacular. Hay para elegir. Pero lo que nunca cabe es compararlos. No podemos juzgar a un cuadro romántico con los criterios que juzgamos a un cuadro neoclásico, por ejemplo. El Madrid es el equipo que mejor juega al fútbol con el estilo del Madrid y el Barça es el equipo que mejor juega al fútbol con el estilo del Barça.
         Ni siquiera los resultados nos dicen qué equipo es el mejor. No es mejor atleta el maratoniano que el velocista. A nadie se le ocurre compararlos. Y, aún más, ni siquiera en el caso de enfrentamiento directo podemos saber cuál es el mejor. ¡Hay tantas contingencias, tantos e imponderables…! No me refiero a los árbitros. Me refiero al estado transitorio de forma de los jugadores, a la suerte misma, a un fallo de concentración esporádico de consecuencias fatales, que en el caso del equipo contrario se habrá producido también, pero sin consecuencias, por ejemplo.
         Son dos excelencias parangonables en tanto que marcan caminos únicos cada cual. Pero no es justo compararlos. Quien piense que su manera es la “manera”, navega en una suerte de fascismo estético, que niega la excelencia al otro. Para poder compararse tendrían que jugar un suficiente número de partidos. Y aun así, habría que verlo. Evidentemente, si un equipo está en la cumbre de su manera de jugar, y el otro no, la balanza está claro hacia donde se inclina. Pero, en todo caso, no sería la victoria de un entender el fútbol, ni el Arte, como águila bicéfala, que es lo que, en realidad, sucede. Con Dios.




       

lunes 12 de marzo de 2012

El aburrimiento




         En principio es un tema sobre el que hay que escribir sin tener ideas preconcebidas. La escritura llama a las ideas. Por ejemplo: los amigos de los animales deberían pedir a la RAE que proscribieran esta palabra del Diccionario. Es una vejación para los burros, sin duda ninguna. Ven, enseguida vienen las ideas. Ojalá la RAE fuera quien ordenase cómo hay que hablar. Pero no. Lo del sinónimo culto queda muy pedante: el tedio. La gente normal no tiene tedio. Tiene, eso: aburrimiento.
         El aburrimiento es gris. No es ni la desesperación, ni la orgía, que son negra y roja respectivamente. Lo que es blanco es la felicidad, como el Cielo. El Cielo es blanco. El Cielo es azul. Lo entienden muy bien.
         Si tuviera forma, el aburrimiento sería como una nube. Una nube gris, algodonosa, pero menos material. Tampoco una nube de lluvia que no llueve. El aburrimiento es algo más pequeño para necesitar el cielo para situarse. El aburrimiento es algo personal, de cada uno. El diablo, cuando está aburrido, mata moscas con el rabo. El rabo es que animaliza mucho. El humano, en seguida que inventó al diablo, le puso cuernos. Y le dio el color de las orgías. Hay quien tiene la secreta esperanza de ir al infierno para comprobarlo. Parece ser que el aburrimiento es más cosa del Cielo que del infierno. Es estos parajes, mal se puede manejar algo que es gris. La llama, es lo que tiene, le da al infierno cosa como de movimiento continuo. El Cielo, no. Y es que el color gris es aquietado, tranquilo… gris, que ya se dijo.
         Pero, asediar al aburrimiento no sirve para ahuyentar al aburrimiento, que es lo que el personal quiere hacer. La industria de la diversión ha sido casi siempre la más próspera. El aburrimiento es como un pintor con horror vacui, que no sabe pasar sin pintar todo el lienzo que tiene delante y dejar espacios vacíos. En cuanto que hay un espacio vacío en nuestro tiempo, va el aburrimiento y lo ocupa. O sea que es eso: un ocupa. Pero un ocupa con “c”; no con “k”. Un okupa no puede estar aburrido. No lo voy a explicar. El ocupa, anodino y casi municipal, tiene esa naturaleza de don nadie, indolente y vago.
         El aburrimiento ocupa hasta el cerebro. Y acaso el alma en sí. Por supuesto que el cuerpo, claro está. Al aburrimiento le molestan mucho las manos, que apenas saben estarse quietas. Si por él fuera, estaríamos siempre con las manos en los bolsillos, puños cerrados; aunque no apretando. Apretar es ya algo. Un aburrido no hace nada que sea algo. Ya entienden.
         El caso es que hay que dejar de vez en cuando al aburrimiento su chance, su oportunidad. Siempre ocupados es una cosa de soberbia. El aburrimiento nos salva de este pecado que dicen fue el primero de Adán y Eva. Con la soberbia les tentó la malvada serpiente. Yo sospecho que el destino de la primera pareja era el aburrimiento. Un aburrimiento glorioso, desde luego… pero aburrimiento.
         Bueno, pues ya está bien. He demostrado que se puede llenar una página con lo que te va diciendo la escritura. Quod erat demonstrandum. Ya está. Con Dios.

viernes 9 de marzo de 2012

El Pensador, Rodin, Murcia 2012

El Pensador, de Rodin.
Foto de Charo Guarino


Gigante pensador, bronce pulido
en aquietada pose meditando:
despacio y en silencio, tan callando,
paso yo, por tu sombra ensombrecido.

A todos –creo ir adivinando–
cuentas pide tu ceño, tan fruncido,
del tiempo yermo que se nos ha ido,
en mil frivolidades malgastando.

En tus manos y brazos, soledades
habitan. Tu cabeza, consecuente,
se debate entre dudas y ansiedades.

Mientras que entre nosotros, pobremente
vivaquean apenas algunas falsedades
que nos velan la vida eternamente.

martes 6 de marzo de 2012

Lenguaje no sexista en doble dirección


         
      Yo, persono humano masculino, me siento invisibilizado por el uso del lenguaje que me asigna, siendo varón, la letra “a” como terminación de las palabras que me conciernen. Exijo que me llamen periodisto, cuando escribo en el periódico. Y si me dedicara a las Odontología, exigiría que me llamasen dentisto. Y al agente de la ley, masculino, no hay que llamarlo guardia, sino guardio. En la guerra se hará de centinelo, salvo las soldadas, que sí podrán hace de centinela.
         Igualmente, es una violación de mis derechos de persono, la asignación de plurales comunes terminados en “es”, tales como muchos adjetivos, a menudo sustantivados. Yo no soy indispensable, cuando lo sea, sino indispensablo. Ni los que piensan como yo no son/somos liberales, sino liberalos. En el caso de que todos seamos varonos, claro.
         Lo mismo cabe decir con palabras de extraño género, como mano. Cuando sean mis manos, habrá de decirse el mano; nada de la mano. Y cuando el contexto de refiera a mí, no se diga nadie, sino nadio. La “o” siempre, por favor. Lo contrario es insultarme, marginarme, despreciarme y menoscabar mis derechos. Los monumentos a varones pasarán a llamarse estatuos, por supuesto. Quede estatuas para las mujeres. Y que las mujeres dejen de decir yo para referirse a ellas mismas: Utilicen ya, que es lo suyo que les corresponde. Cada uno con lo propio.
         Ya es hora de acabar con estas aberraciones históricas que tanto han hecho sufrir a los varonos, personos humanos como han sido en la Historia del Mundo. Por cierto, que nadio escriba mi historia, sino mi historio. O que se diga que nadio escribió mi historio.
         Ah, y que ninguna licenciada en Medicina se  diga médico, sino médica.
         Y así sucesivamente.
         Y un guiño a quien me entiende bien. Que ni la Academia imponga nada, pero tenga derecho a pedirlo, ni las feministas traten de imponer nada, pero tengan derecho a pedirlo también. Ninguna discriminación -¡ninguna!- para quien hable de una u otra manera, y respeto para todos. Se insulta y menoscaba al prójimo con la intención, más que con la forma. Aunque hay formas lingüísticas de agresión. Fuera insultos como mujereta o vamos a ir dejando la homologación cojonudo / excelente. Por ejemplo. Pero separar los géneros -¡que no son los sexos!– es un alarde de ignorancia orgullosa.