(Dedicado a todos los Amigos
de San Ginés de la Jara
y de las Ermitas del Monte Miral)
Justificar un amor, cualquier
tipo de amor, es perder el tiempo. El amor no tiene porqués. Sí los tiene el
interés. No siempre distinguimos el amor del interés. De cualquier tipo de
interés. Yo hablo ahora del amor por el Patrimonio. No de ningún otro tipo de
amor, en particular del amor entre humanos. Pero valen las mismas conclusiones.
Decía que el amor no tiene causas. Todo amor o es flechazo o no es. No entra en
la casa del amor el cálculo. Lo contrario del amor, así las cosas, no es el
odio: es el interés. El odio es el complementario del amor. Sí se odia por
motivos, pero no siempre. Hay odios naturales… Pero el interés, repito, sí
tiene causas: siempre.
Por el Patrimonio ha de
sentirse amor. No interés. No debemos amar el patrimonio porque nos causa
orgullo. A mí me causa orgullo de raza humana un jardín zen en Tokio. O los ritmos
afros del África profunda. Pero no amo el zen o los ritmos afros por el orgullo
que me causa que el ser humano haya creado esas dos energías tan maravillosas. El
orgullo, aun el sano orgullo, es un efecto subsidiario del Patrimonio. Tampoco amamos
el Patrimonio porque nos identifica más como colectivo. Eso también es un
efecto subsidiario. No la causa. El Patrimonio nos enamora o no nos enamora. No
se presenta ante nosotros como una tentación a los sentidos o al entendimiento.
El Patrimonio es herencia. Es como la energía personal de quien lo hizo, de
quien lo construyó… concentrada y mantenida contra el tiempo en las formas
artísticas que le dan realidad: unas notas musicales, unas líneas de un dibujo,
unas masas arquitectónicas, unas costumbres mantenidas secularmente… De las cosas
que decimos patrimoniales emana el espíritu de las personas que las hicieron
posibles. Y esa energía llega hasta nosotros –de humano a humano–, si tenemos
la sensibilidad lo bastante educada como para acusar recibo de su recepción. No
es difícil. Un patrimonio que se pierde es una desgracia para la especie humana.
Quien piensa en una especie de competición de patrimonios parcialitos es un
hereje del Amor al Patrimonio. Sólo hay un Patrimonio, el humano. Y, en mayor o
menor calidad de genio, se halla extendido por toda la Tierra.
Luchar porque no se pierda
cualquier muestra de Patrimonio es luchar por mantener el amor, ese amor que
digo, a la herencia que recibimos. Todo patrimonio es natural, lo mismo un
paisaje que un cuadro de ese paisaje que nos descubrió un sentimiento, un
temblor, un conocimiento incluso, agazapado en ese paisaje. El arte, todo arte,
incrementa lo natural. No incrementa la Creación un objeto mercantil al que
unas manos o una maquinaria dieron realidad, destinado a negocio. Aunque el tiempo
es únicamente quien depura qué es Patrimonio y lo que no lo es. Sólo sabemos
que lo mercantil contamina de impureza el Patrimonio, de inmediato.
No améis al Patrimonio
porque os causa orgullo ser paisano del artista de antaño que dejó tanta obra
que hoy apreciamos sobremanera. Tampoco por lo que aldeanamente os intensifique
la pertenencia al colectivo patriochico vuestro. Y no toda referencia patrimonial
es bella. La belleza no es nuclear en el Patrimonio. Importante sí. Pero ni
siquiera es imprescindible.
El amor por el Patrimonio
no decae con el tiempo. En eso se diferencia del amor entre humanos. O de casi
todo el amor entre humanos. El amor por el Patrimonio no sirve para ninguna
otra cosa que para estar contentos de amar al Patrimonio. Si lo contaminamos de
cualquier otra cosa, ya empezamos a entrar en el error.

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