Santa Teresa no redactaba
bien. Y escribía de maravilla. Igual que Pío Baroja. Escribir es un arte,
redactar una técnica aprendible, transmisible por la Enseñanza. Se supone que
quien escribe bien, redacta bien. Pero puede no ser así. Se escribe bien cuando
redactamos, mal o bien, algo interesante. Claro está que nunca se escribe algo que
interese a todo el mundo. Redactar bien
es un dato de la educación personal de cada uno. Escribir bien es un don, de mayor
o menor alcance en cada cual, de esos que se pueden entrenar y mejorar, pero no crear. Se
nace escritor. Lo cual tampoco quiere decir que haya habido escribidores de
fama y prestigio, con mucho dinero ganado, que sólo eran redactores con ínfulas.
Llamemos escribidores a los redactores con ínfulas. También, claro, depende de
quién lo juzgue. Cuántos habrá, me pregunto, que piensen eso de este cronista,
con toda justicia, salvo dolo de prejuicio inicial. Cada uno tenemos nuestros
cánones para diferenciar escribidores de escritores. Dejemos aparte a los
honrados redactores que no interfieren en esto.
La Historia de la
Literatura, desde hace 50 años ya no distingue mucho entre unos y otros. Mafias
editoriales, prejuicios ideológicos, campañas de difusión y publicidad… meten en
los libros de Historia de la Literatura auténticos blufs, aunque sea de buena
fe. Conviene tener el criterio afinado. Ya no son tiempos de trágalas
literarios apadrinados por tal o cual fuente de apadrinamientos. No hay que
perdonar nada a los libros. Continuar leyendo uno que no nos gusta es una
humillación, en primer lugar, para ese mismo libro. Otros libros hay
esperándonos.
Hay que leer lo que esté en nuestro nivel de cultura, sensibilidad y ganas de leer. Ni practicar la
endogamia lectora de consumir lo que no nos ayuda en el crecimiento de nuestra
alma, ni usar del masoquismo de paginear y paginear en espera de la iluminación
del autoengaño que nos haga buena la paciencia.
En España, mucha gente, se
dice al tercer libro leído: “el cuarto libro… el mío”. Y así, somos una
potencia en títulos nuevos cada año, en porcentaje de población. Macrocefalia
escritora, que disfraza a tanto escribidor medrado. Para el español es un placer
augusto, el verse en letra impresa, en el lomo de un volumen con su obra. Los
auoteditados en España somos una legión. Muchos impresores han mantenido
negocio por estas veleidades personales.
Escribidores, escritores y
redactores… pero pocos lectores. Menos de los que se debería tener, dada la
epidemia de libros publicados. Y es que, en España, la única gente famosa con
marchamo de sabia fueron, secularmente, los escritores. Ni hubo científicos suficientes–ni
tuvieron ganada la batalla sociológica de las masas–. ni filósofos, ni
ensayistas de alcance popular. Todos quisieron ser Cervantes o Quevedo. Y
tantos y tantos que debieron quedar en redactores/lectores, pasaron a ser
escribidores publicados.
Un día de estos, me voy a preguntar seriamente, como corresponde
a mi ya provecta edad, qué soy yo exactamente. Luego, concluido lo que sea
procedente, ni caso le haré… sospecho. Saludos.

4 comentarios:
Desde que soy profesor, jamás he terminado un libro que no me gustado. Los tuyos los he acabado todos.
Que Dios te lo pague, Rubén. Gracias.
Santa razón, Santiago. Suscribo el cien por cien de lo que dices. ¡Cuántas veces, algunos, hemos tenido que decir eso mismo, que redactar más o menos bien no significa que seamos capaces de escribir bien, a veces ni siquiera de escribir!. Hasta la saciedad, y hasta el extremo de casi prometer que algo se hará más adelante... y con más tiempo; pero, en nuestras entretelas con la pena...o la envidia (que no siempre es perversa)por ser de aquellos que no fueron ungidos con la gracia negada por los genes. Gracias por verbalizar el pensamiento de muchos y por decir que no es pecado mandar a tomar viento algunos libros.
Escribes lo que pienso. Tal vez sea ése el secreto.
Sobre los libros que se abandonan a medio leer añado que en muchas ocasiones no es porque el libro sea malo o no guste, sino porque tal vez no sea el momento de leerlo. Acuérdate de El Quijote de nuestra infancia, obligados a su lectura cuando no éramos capaces de disfrutar de ella, que muchos retomamos y leímos hasta la última letra, no una sino mil veces. Cada libro tiene su momento y su lector.
Y, en efecto, hay muchos libros esperándonos. Por eso la vida es siempre tan corta.
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